Poco antes de Navidad he paseado por el Distrito 22, ese trozo de tierra entre Madrid y la Nada que el Gobierno regional y local buscan excusas para derribar. Los últimos derribos fueron a comienzos de septiembre, cuando la Cañada Real volvió a hacer acto de presencia en los medios nacionales.
Poco antes de Navidad he paseado por la Cañada Real, en el sector 6, donde el número de coches aparcados es incalculable. Los niños corren entre los amplios patios de las casa bajas levantadas hace años para dar alojamiento a toda una generación. Los ancianos, apostados sobre sillas de paja, siempre bien vestidos, revisan el extranjero con una larga mirada. Levantan la mano y sonríen al escuchar un “hola, buenas”, y se tocan el bigote preguntándose si eres policía, asistente social o qué carajo haces en ese agujero olvidado. Los niños te lo preguntan directamente: “¿Sois de la tele? ¿Nos vais a hacer un vídeo?”. Sonríes, explicas, y los sigues con la mirada mientras corren entre el incalculable número de coches aparcados.
En las estrechas aceras, cuyo límite con la calzada lo crean las huellas de los vehículos que pasan a toda velocidad, se alternan pequeñas hogueras. Alguien las usa para calentarse un poco -hace bastante frío- otros para calentar algo. Al otro lado de la calle -que, en la Cañada, ya es otro municipio- los coches aparcados han dejado espacio a otras casas, bajas, blancas. Un decorado de grúas hace de fondo.
Un hombre, que podría tener entre los 30 y los 50 años, se acerca. Necesita lo que le queda para llegar a dos euros. Con ellos alguien le dará una dosis. Nos movemos hacia La Parroquia “Santo Domingo de la Calzada” (Valdemingómez) que domina una pequeña explanada como un santuario en el desierto. Un coche de la Policía Nacional nos pasa al lado, despacio. Saludan con un gesto de la cabeza, vuelven sobre sus pasos. Pasan al lado del número de coches incalculables y miran a las personas, dentro y fuera, que buscan en un jeringuilla lo que no encuentran en ningún otro lado.
Poco antes de Navidad el cierre de la Narcosala de Las Barranquillas ha hecho aumentar el número incalculable de coches aparcados en el sector 6, a 15 minutos del centro. Mientras, en los perfumados edificios de la Comunidad de Madrid, se estudian los planos de “Euro-Vegas” y se intenta demostrar que no existe ningún problema social a la base de la drogodependencia y los nuevos centros que nacerán tras el cierre de Batán y Barranquillas solo buscan soluciones médicas. Y en la Cañada se hace un saco. La Administración barre, y pone debajo de la alfombra, en la Cañada, un problema que le da vergüenza. A pesar de tanto barrer, ahora tiene un problema con lo que ha considerado ser su basura. Es una basura que nadie recicla. La única manera para deshacerse de ella es destruir, derribar. Y después de la tabula rasa, construir un espectáculo de luces y colores que atraiga a un incalculable número de coches hacia los bolsillos de Sheldon Adelson, el dueño de Las Vegas y de quien le ceda el terreno.